Sin palabras, aunque con sentimientos.

No encuentro palabras para describir lo que siento ante el panorama político español, y como no encuentro palabras lo intentaré describir con sentimientos.

Impotencia de ver cómo nos roban permanentemente aquellos a los que les pagamos el sueldo y elegimos para que cuiden de nuestros intereses. No es cuestión de colores, nos roban por igual los socialistas, los pepistas, los sindicalistas, los comunistas, los independentistas, los monarcas y sus hijas, los alcaldes y sus queridas, los concejales y sus proles. Todo el que tiene la ocasión mete sin demora la mano en la caja porque sabe que no lo tendrá que devolver.



Indignación de comprobar que la impunidad con la que se producen delitos en este país va en aumento, que la justicia no es igual para todos, que los que detentan el poder eligen a los jueces y fiscales que nunca les van a trincar a ellos, que los que roban no devuelven el dinero y normalmente ni pisan la cárcel, que la gente hace colectas para ayudar a los que les roban.


Desesperación de ver que aquí ninguna institución ni partido parece querer acabar con esto y que los movimientos que surgen como Podemos nos pueden conducir a una situación incluso peor, es decir, a la única peor. Porque solo hay algo peor que una democracia corrupta, y ese algo es cualquier cosa que no sea una democracia.


Asombro de ver cómo toda una sociedad catalana ha sido manipulada por los mismos que les roban hasta el punto de conseguir que se crean mentiras como que España les lleva robando años, que admitan una historia que nunca existió, que nieguen la evidencia de que dar la espalda a España es dar la espalda a Europa, que hagan de una minoría chillona mayoría abrumadora porque la mitad de la población está tan harta que ya ni opina.


Furia de verme impotente ante tanta injusticia social, ante el aumento doloroso de la pobreza mientras crece el número de multimillonarios por arte del trinque, ante el abuso empresarial que condena a millones de españoles a trabajar por sueldos ínfimos y en condiciones tercermundistas,  ante una sociedad que no reacciona para echar a los que ella aupó un día.


Compasión por un pueblo analfabeto que parecía políticamente maduro pero que no es capaz de dar con soluciones y salidas democráticas a esta crisis, por el negro futuro al que se ven abocados millones de personas y quizá toda una generación, por los que están presos por causas infinitamente menos justificadas que los delitos que cometen nuestros propios gobernantes.


Dolor de ver cómo la España que tanto ha costado construir a varias generaciones se desmiembra y se envilece a causa de la avaricia, el amor al poder y la prepotencia de unos pocos delincuentes aprovechados que viven en su mundo, cada vez más alejado de la realidad.


Pena por la oportunidad perdida de construir una democracia duradera en el tiempo al estilo americano o el francés o el inglés, que cualquiera me vale. En España hemos mimado en exceso a la clase política y eso les ha llevado a mirarse solamente su ombligo y a desconectar de la realidad, y los descendientes de esos políticos a los que mimamos nos llevan irremisiblemente directos al caos.


Vértigo porque al echar un vistazo a la historia propia y ajena, uno comprende que la situación actual no puede desembocar en nada bueno para un país que está sufriendo demasiado, mucho más de lo que se merece. Porque me siento, junto con la mayoría de los españoles, al borde de un abismo con toda la clase política empujando para arrojarnos al precipicio sin que sepamos unirnos para pararles los pies.


Tristeza. Una tristeza infinita al contemplar la situación de personas que aprecio o que no conozco y que se encuentran sin apenas recursos para alimentarse y llevar una vida digna después de trabajar como mulos toda su vida.


Esperanza en que la sociedad española reaccione antes de que sea demasiado tarde.
Esperanza en que quien lea esto o quien lo piense también reaccione y se una en torno a una sociedad con ganas de arreglar las cosas.
Esperanza en que queden unos pocos de políticos dignos y profesionales que cojan el toro por los cuernos y enderecen la malherida democracia española.
Esperanza en que finalmente reine la cordura y la sensatez.
Esperanza en que los jueces se revelen ante el poder político y pongan a buen recaudo a todos los chorizos que nos han traído hasta donde nos encontramos.
Esperanza en que los españoles nos unamos para salvar lo importante dejando a un lado las discrepancias menores en todo lo que no es urgente.


Fe en que todo esto sucederá y pronto porque de lo contrario no me quedará mas remedio que ir sustituyendo paulatinamente mis esperanzas por pesimismo, y eso es algo que ni mi salud física ni mi salud mental se tomarán muy bien.

Economista, informático, aficionado a la lectura, escritura, fútbol, del At. Madrid, 'blogero' vocacional, amante de la naturaleza y de los animales, motero y emprendedor. Cosecha del 62.

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