La hipocresía verde

Quiero empezar mi blog de opinión con una reflexión sobre la hipocresía social y el papel excesivamente relevante que se le da a la ecología de escaparate que se ha impuesto en nuestro país (y en otros muchos) en los últimos años.
Para empezar con un ejemplo cualquiera, hablaré del reciclaje. Hoy en día el que no recicla las latas, las botellas, las pilas, los periódicos, los móviles, los electrodomésticos o las bombillas es tratado de delincuente social, de insolidario, de terrorista ecológico y acusado de arruinar el futuro del planeta. Nuestros dirigentes nos obligan a tener en casa tres o más cubos de basura de diferentes colores con tres o más tipos de bolsas de basura, a visitar asiduamente los puntos limpios con todo lo que no sabemos clasificar. Lo hacen, bajo amenaza de ser marginados socialmente si no lo hacemos. Pero esos mismos dirigentes son los que luego recogen varios contenedores en un solo camión mezclando lo que todos hemos separado con cautela para no equivocarnos, los que no actúan cuando, como denunció la OCU hace poco (ver informe de la OCU), los electrodomésticos retirados por empresas que cobran del estado por reciclar realmente no llevan luego a puntos de reciclaje nuestros viejos compañeros sino que los venden en chatarrerías y desguaces para ganar dinero dos veces por lo mismo. Esos mismos dirigentes son los que utilizan los impuestos sobre el reciclaje para pagar por seguir contaminando los ríos, los mares y el aire que respiramos los que pagamos los impuestos. Una verguenza de ese estilo con el que, en este país, estamos acostumbrados a comulgar sin protestar por ello.
Pero voy a poner algún ejemplo más de cómo el reciclaje y el ecologismo de nueva cuña no es tan ecológico como nos venden. Los que tenéis mi edad, recordaréis sin duda las cajas de botellines que teníamos en casa y que, una vez consumidos, volvíamos a acumular en su caja y llevábamos a la bodega para cambiarlos por otros llenos. Esos botellines vacíos entregados en la bodega se mandaban a la planta cervecera donde eran lavados, desinfectados y rellenados de nuevo con cerveza. Eso era reciclar. Tirarlos a un contenedor de donde se recogen para su dudoso reciclaje mediante aplastamiento, fundición y volver a hacer otro botellín con el que hemos tirado al contenedor no es reciclar. Es un negocio, sí, y da de comer seguramente a bastantes familias, pero como forma de reciclaje era mejor la antigua.
Lo mismo que he comentado de los botellines de cerveza pasaba antiguamente con los yogures, la leche, que comprabas llevando tú la botella o la lechera, el vino, en el que si llevabas el casco del anterior te devolvían dinero, las gaseosas, los sifones que se rellenaban o cualquier otra bebida, en la que el precio era distinto si llevabas el casco o si no lo llevabas. Cada vez que adquirías algo sin llevar el casco vacío, pagabas por el nuevo casco, asegurando así la reutilización y el reciclaje por el bien de tu propia economía. Poca discusión puede haber sobre las ventajas de ese método de reciclaje frente al actual. Quizás fuera más incómodo, pero era más solidario y más respetuoso con la naturaleza.

Otro ejemplo. Las bolsas de los supermercados pasaron hace algunos meses a ser las principales responsables de la degradación del medio ambiente, de la contaminación de los mares, de la pesca de ballenas, de las guerras, del narcotráfico y del hambre en el mundo. Las inocentes bolsas de la compra que nos daban en los supermercados eran unas asesinas en potencia y una bomba de relojería con la que había que acabar inmediatamente. La verdad es que todos las reciclábamos como bolsas de basura, de plástico igual que las bolsas de basura que compramos ahora. Pero claro, ¿por qué regalar algo si podemos cobrar por ello?. La excusa, el falso ecologismo. Ahora las venden, pero nos dicen que el plástico es ecológico (no sé muy bien si se desintegra al tirarlas, si es que nos cuentan la milonga de que es plástico reciclado o qué, pero yo las veo iguales que las de antes. Además, ese mismo plástico que hecho bolsa es tan dañino para la naturaleza, no lo es en otras formas existentes en esos mismos supermercados, como packs de bebidas, envases de yogures, o cualquier tipo de envoltorio de plástico de los que encontramos a miles en los supermercados (y que no reutilizamos como bolsas de basura ni como nada porque hay que romperlos para extraer el contenido). Gracias a una misteriosa propiedad física del plástico que no llego a comprender, cuando tiene forma de envase, el plástico es inofensivo pero cuando sufre una metamorfosis para convertirse en bolsa de plástico pasa a ser una amenaza para el planeta.
Podemos seguir con los recibos y los extractos de los bancos, que han pasado de llenar nuestros buzones a prácticamente desaparecer, ya que, según los propios bancos que nos animan a recibir nuestro correo en forma electrónica o web, si mantenemos los extractos en papel (y les obligamos a gastar en papel y en correo) estaremos contribuyendo a la tala de árboles, a la desertización del planeta, mientras que si les ahorramos ese dinero somos poco menos que unos héroes y los auténticos salvadores de la naturaleza.

La falsedad de los productos ecológicos es otra mentira muy rentable para las empresas. Los cultivos ecológicos se amparan en la característica ‘verde’ de sus productos para duplicar el precio. Los electrodomésticos nos los venden diciendo que son ecológicos porque consumen menos. Mire usted, el electrodoméstico que me intenta vender es más económico en consumos porque gasta menos electricidad, agua o lo que sea, pero no es ecológico porque necesita electricidad y contamina como los demás. Además, la apelación a ese ahorro futuro es la excusa perfecta para subir de precio el producto falsamente llamado ecológico.

Pero es que, además, quien nos convence de esta acumulación de chorradas sin sentido es quien luego envasa los donuts en paquetes de plástico individuales, quien llena de cartones y de plásticos sin sentido envases de productos que consumimos a diario y quien, puestos a contarlo todo, nos convence para que bebamos agua embotellada en envases ecológicos, cuando el envase más ecológico para el agua sería el vaso de cristal de casa relleno con agua del grifo, claro está, si no hubieran contaminado nuestros ríos antes para producir, entre otras muchas cosas, esos envases ecológicos en los que ahora nos venden el agua.

No puedo dejar pasar el detalle de los puntos limpios en los que, si llevamos un televisor o una nevera a reciclar (entre otras cosas porque contienen gases contaminantes que deben ser tratados en plantas especializadas), vemos cómo los electrodomésticos son arrojados a contenedores. En el proceso de arrojar los aparatos, fruto del golpe contra el contenedor o contra otros de su misma especie, nuestros viejos compañeros son objeto de vejaciones tales como la rotura de la pantalla del televisor o de las tuberías del frigorífico, con lo que esos gases tan dañinos son liberados a la atmósfera en el mismo punto limpio al que los hemos llevado.

En la sociedad de hoy el verde se ha convertido en el color de moda. Las empresas más contaminantes del país (Iberdrola, Repsol, …) nos machacan con slogans con aspecto ecologista (incluso el logo de Iberdrola es deliberadamente de color verde) presumiendo de ser las propulsoras de energías renovables, de ahorros de combustible y demás zarandajas cuando su negocio es que aumente el consumo de energía y, por tanto, se incremente la contaminación que lanzan a la atmósfera. Esta farsa, esta mentira diabólicamente pertrechada por la que las empresas más dañinas a esta causa parecen las salvadoras del planeta es una trama perfectamente pertrechada y organizada para lograr el lavado de imagen que necesitan para seguir vendiendo.

El consumismo de la sociedad en la que vivimos ha convertido en imprescindibles determinados artículos y hábitos que son, por su propia esencia, antinaturales, contaminantes y dañinos para el medio ambiente. Los consumos eléctricos se han disparado. Necesitamos aires acondicionados para tener 16 grados en verano y calefacciones para alcanzar los 30 en invierno, nos desplazamos en coche a todas partes en lugar de dar paseos de cinco o diez minutos, tenemos varias televisiones, secadoras de ropa, consolas de videojuegos para nuestros hijos, parchises electrónicos y aparatos conectados por todas partes.

En definitiva, los que vivimos en otra época hemos conocido otros comportamientos que ahora se consideran prehistóricos pero que, en términos de ecología, eran mucho más considerados con nuestro entorno:
  •             Los envases de bebidas, yogures, etcétera se rellenaban, como ya he expuesto anteriormente.
  •             Las plumas se rellenaban de tinta, no se tiraban cuando se acababa la tinta como ahora pasa con los bolígrafos.
  •       No necesitábamos estar rodeados de muchos juguetes eléctricos, consolas, móviles y aparatos consumidores de energía, sino que jugábamos en la calle y en el campo, integrándonos con la naturaleza y conociéndola.
  •             Los mecheros se recargaban, no se tiraba el mechero (de plástico) cuando se acababa.
  •            Las camisas de invierno, al gastarse los puños se convertían en camisas de manga corta y posteriormente en trapos de limpieza.
  •            Los pañales de los niños eran de algodón y se lavaban, no eran de celulosa y desechables.
  •            Los relojes eran de cuerda o de mecanismos que se recargaban por movimiento y no funcionaban con pilas de litio altamente contaminantes.

Todo cambia. La evolución, la comodidad, el consumismo, la escasez de tiempo y otros factores nos han llevado a adoptar nuevos hábitos y a adquirir productos menos ecológicos. Ninguno de nosotros queremos renunciar a estas comodidades y hay que ocuparse del medio ambiente, pero hay que hacerlo de forma realista. El fariseísmo de nuestra clase política, los intereses económicos de nuestras empresas modernas, la opacidad de los medios de comunicación y el poco sentido común de todos nosotros nos están llevando a aceptar como ciertas todas estas falacias ecológicas. Y este camino nos puede llevar a destruir nuestro propio entorno creyendo que lo estamos salvando. El día que se tomen medidas realmente eficaces en todo lo relativo a la protección real de nuestro entorno seré un ecologista militante porque yo amo la naturaleza tal como es, con su variedad de flora y fauna, con su maravillosa diversidad. Pero mientras el ecologismo sea lo que es hoy, que no cuenten conmigo para seguir alimentando esta pantomima. 
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Economista, informático, aficionado a la lectura, escritura, fútbol, del At. Madrid, 'blogero' vocacional, amante de la naturaleza y de los animales, motero y emprendedor. Cosecha del 62.

5 thoughts on “La hipocresía verde

  1. Joer Javier, que se te lían los conceptos. Lo que hablas de los botellines no es reciclar es reutilizar. De hecho, se trata de las tres erres: reducir, reutilizar y, finalmente, reciclar. En cuanto a los botellines, no sé yo qué R será la más difícil. :-)

  2. Para mí la de reducir (el consumo), especialmente en verano. La R que mejor se me da es la de Resaca. La del día siguiente, pero imagínate el volumen de cascos a reciclar para haber podido provocar en mi lustroso cuerpo serrano :-)

  3. Brillante exposición Javi! Lo que más gracia me hace es lo de las basuras. Pretenden que se separe por contenedores según los productos en un país en el que primero habrá que educar a la gente, simplemente para que tire las cosas a la basura. Luego ya les hablaremos de colores…

  4. Interesante. No conocía el tema, pero me parece un gran razonamiento el hecho de que por cada arbol que se tale se planten dos o más. Desde luego, buscar el argumento de la deforestación en el consumo de papel… Me parece que se cobran muchos más árboles los incendios forestales (en su mayoría intencionados) o la recalificación de terrenos boscosos o selváticos para edificar que el uso industrial. Gracias por compartir el enlace, Román. Un abrazo.

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