La crisis española: causas y medidas necesarias

De todos es sabido que vivimos en una economía global y que la crisis de estos años responde a un fenómeno internacional que es comúnmente aceptado que empezó por la contaminación de activos inmobiliarios norteamericanos (hipotecas subprime). Estas hipotecas se concedieron en condiciones supuestamente ventajosas para las entidades a personas de dudosa solvencia. Esto generó una crisis de confianza en la economía global y saltaron todas las alarmas por la existencia de ‘activos tóxicos’ que se habían comercializado como activos solventes. Bueno, así empieza la crisis global… más o menos.

En España, mientras tanto, otra burbuja inmobiliaria de características similares y otras entidades cuya gestión tenía más de política que de bancaria (me refiero, por supuesto a las cajas de ahorros y a algunos bancos, que no todos ni mucho menos) había generado una situación similar aunque, en principio, de menores dimensiones.

De todos es sabido también que, así como la crisis se puede considerar global, o al menos de todas las economías occidentales, no todos los países la sufren por igual y las condiciones internas de cada uno de las países hace que las consecuencias de esta crisis tenga unas componentes locales que, en el caso de España, quiero analizar con detalle.

Las características de la crisis española, algunas comunes a otros países y otras no tanto, son fundamentalmente tres: Un retraimiento muy considerable de la demanda y el consumo interno, una deuda pública creciente y, por supuesto, un nivel de paro muy alto, casi insostenible. Los tres están intrínsecamente ligados, como no podía ser de otra forma y los tres son bastante obvios, pero las causas que nos han traído hasta aquí, las consecuencias de ellas y las medidas que habría que tomar para solucionar esta situación no son tan obvias.

Analicemos primero las causas.

La deuda española ha evolucionado bastante desde el inicio de la crisis económica. La deuda privada se ha reducido de forma considerable desde 2008 (la de las familias pero especialmente la de las empresas). Las familias, a pesar de la situación, han reducido su nivel de endeudamiento de consumo (la deuda a corto plazo) porque han aplicado una economía de crisis prescindiendo de todo lo prescindible para seguir comiendo, vistiendo y pagando la vivienda. Por otra parte, casi no ha habido compra de nuevas viviendas por lo que las hipotecas también se han ido reduciendo al ir las familias amortizando los préstamos existentes sin que éstos se sustituyeran por otros nuevos.

Las empresas, por su parte, a pesar de la bajada de los tipos de interés, han encontrado dificultades para acceder al crédito y, al generarse dudas más que razonables por la reducción del consumo interno y por tanto de su nivel de ventas, no se han querido aventurar en ampliaciones de líneas crediticias.

Mientras tanto, el gobierno ha aplicado medidas de subida de impuestos que no han hecho sino contraer aún más el consumo.

¿Eran necesarias esas medidas? La respuesta es sí. Eran necesarias. La austeridad era imprescindible para salir de la crisis, pero la gestión no ha sido la correcta y por tanto también eran necesarias otras medidas que no se han tomado por motivos políticos y que vamos a analizar a continuación.

La economía es simple y compleja a la vez, pero se hace mucho más entendible cuando asimilamos la economía nacional a la de una familia. Al aumentar los impuestos, se esperaba recaudar más dinero pero la contracción del consumo y la congelación salarial hacen que no se recaude tanto como se esperaba al subir los tipos impositivos. Hasta aquí, todo previsible.

¿Por qué se genera más y más deuda pública entonces? Muy sencillo. Es lo mismo que pasa en cualquier familia cuando se gasta más de lo que se ingresa. Y eso ha pasado en España. Los ingresos han aumentado poco pero los gastos han seguido creciendo porque no se ha sabido o no se ha querido localizar las partidas en las que más se gasta y que, a su vez, son prescindibles.

Vamos, por tanto, a analizar los gastos del estado español.

Hay gastos que son intrínsecos a la existencia del estado y, por tanto, no nos cuestionamos en absoluto (Defensa, Seguridad, Pensiones, Subsidios de desempleo…)

Hay otros que se deberían recortar sólo en último extremo, es decir, si el resto de partidas ya se han ajustado al máximo. Estos son el gasto en Sanidad o en Educación.

Pero la estructura española y los malos hábitos adquiridos han dado lugar a una serie de gastos que suponen una partida importantísima y que, sin embargo, nuestros gobiernos (el de Zapatero y el de Rajoy) no se han atrevido a tocar.

El primero es el ‘gigantismo’ de la administración española, que da origen a unos gastos excesivos y que se deberían haber recortado ya:

  • La administración central (Congreso de los diputados, Gobierno y ministerios) se ha dotado en los años de bonanza de una serie de lujos que no se puede permitir, como el elevado número de asesores, los coches oficiales, los elevados gastos de representación y dietas, las estancias en hoteles de alto standing, los vuelos en business class, etcétera.
  • Las autonomías se han ido rodeando de una cantidad de funcionarios excesivos para desempeñar competencias que en muchos casos están duplicadas con el Estado central. De esta forma, en lugar de tener administraciones autónomas con competencias claras y  dimensionadas para las funciones a desempeñar, tenemos ‘mini-estados’ que replican los vicios adquiridos en la administración central, multiplicando el gasto.
  • Además de las comunidades y el estado central, en España siguen existiendo las Diputaciones provinciales y un ayuntamiento en cada pueblo con alcaldes, concejales, funcionarios y una estructura mal aprovechada. La eliminación de las diputaciones y la concentración de ayuntamientos son medidas que creo que no hace falta explicar por qué son imprescindibles y cuyo éxito ya ha sido probado en algunos países europeos.
  • La utilidad y por tanto la existencia del Senado es también cuestionable si bien, no nos engañemos, su coste es ‘pecata minuta’ en comparación con los tres puntos anteriores.

En el tema de las subvenciones hay que decir que el criterio de asignación es, cuando menos, dudoso.

Por un lado tenemos las subvenciones que deberían desaparecer de inmediato como las de los partidos políticos (que deberían financiarse con sus afiliados), la de los sindicatos (que deberían hacerlo con las cuotas de los suyos) y la de la patronal, que también se lleva su parte del pastel. Adicionalmente están las subvenciones a supuestas asociaciones culturales de todo tipo que otorga el estado, las autonomías y los ayuntamientos, y que deberían ser inspeccionadas con lupa y auditadas y cuestionadas una por una aplicando un mínimo de sentido común.

Por otro lado, en el tema de las prestaciones sociales, uno tiene la impresión de que en este país se prima a los que menos han contribuido a generar riqueza. Mientras familias españolas que han generado riqueza y pagado impuestos durante toda su vida viven por debajo del umbral de la pobreza, tenemos el caso de inmigrantes que nunca han cotizado en España y que tienen unas ayudas que no están al alcance de los españoles que están pasando dificultades. Creo que es una situación tremendamente injusta.

Muchos me tacharán de xenófobo, de nazi o de cualquier otro disparate… Me importa un bledo.  Simplemente creo que no es justo que gente que no contribuyó, a la hora de ser ayudado tenga prioridad sobre personas que contribuyeron a generar precisamente esos ingresos con los que se ayuda a los otros y que ellos necesitan también ahora.

Insisto, no es insolidaridad sino plantear el tema sin tapujos, sin falsa mojigatería y, eso sí, sin ser políticamente correcto en este estado ‘paraguas’ que hemos construido y que ya no supone caridad ni equidad sino imbecilidad.

Otro tema sangrante es la arbitrariedad a la hora de conceder subvenciones y créditos blandos o a fondo perdido a empresas en una mala situación económica. Mientras que la inmensa mayoría de los empresarios de este país han tenido que lidiar solos con la crisis económica y sus consecuencias, que en muchos casos han sido las quiebras de sus negocios, hemos asistido con perplejidad al reparto de subvenciones de dinero público (tuyo y mío) a bancos, cajas de ahorros, concesiones de autopistas, etcétera.

Nos han contado muchísimas milongas pero entre la quiebra de una compañía de calzado, por ejemplo, y la de una caja de ahorros no hay ninguna diferencia. Bueno, una sí, que la empresa de calzado es 100% privada mientras que en la gestión de la caja de ahorros han intervenido durante décadas políticos que han dado créditos para proyectos innecesarios y económicamente inviables como aeropuertos en medio de la nada, construcciones megalíticas y demás. Si no han sabido gestionar su empresa, pues que quiebren y cierren como cualquier otro. Por ser un banco no tienen más derechos que cualquier otro empresario en su misma situación.

Me salgo del debate político y me vuelvo a centrar en el objetivo de este artículo: la crisis.

Hemos visto que las administraciones en su conjunto, debido a una mala gestión del dinero público, están dificultando la recuperación, pero hay más factores.

Si en algo merece la pena endeudarse en momentos de crisis, como en cualquier otro, es en inversión. La investigación y el desarrollo (el famoso I+D) son partidas que hacen que las empresas ganen competitividad y productividad, que hace que nuestro tejido empresarial evolucione y sea competitivo en el cada vez más exigente mercado exterior.

Pues bien, desde el inicio de la crisis ha habido un recorte importante en estas partidas, no sólo por parte del estado, también por parte de las empresas. Solo de un par de años a esta parte se está potenciando (al menos de boquilla, porque ayudas más bien poquitas) el papel del emprendedor. No hace falta explicar la importancia que tiene ser competitivo para salir de una crisis. Al bajar la demanda, tanto nacional como internacional, si no eres competitivo estás condenado a la desaparición o, como poco, a intentar sobrevivir con lo justo.

Y en este entorno de desaparición de la construcción, que ha mantenido artificialmente el nivel de empleo en cifras tolerables durante las últimas décadas, de poco crédito y nulas ayudas a las empresas, de baja competitividad del tejido empresarial español y de contracción de la demanda externa y del consumo interno, creo que las cifras de paro se explican solas.

¿Cuando veremos a España salir de la crisis? Sin duda cuando se apliquen, si no todas, al menos unas cuantas de las medidas que he comentado para reducir el gasto público. Cuando el crédito llegue a las empresas en condiciones favorables para invertir en investigación. Cuando el tejido empresarial madure y se haga más competitivo. Cuando se ayude a emprendedores y no a bancos  mal gestionados y, eso también, cuando el entorno internacional sea mas favorable que el actual y podamos crecer en exportaciones además de hacerlo en consumo interno.

Ya sé que no he hablado de la corrupción y de los desmanes que se han cometido con el dinero público. Eso tiene una solución sencilla: Cárcel para los ladrones y que devuelvan lo que han robado. Se hará o no, pero es tan obvio que no merece la pena ser explicado.

Tampoco he tocado el tema de la pirámide poblacional y el envejecimiento que, gracias a Dios, es una de las características de un país moderno en el que la esperanza de vida se incrementa. Y no lo he hecho porque, si se soluciona el problema del gasto excesivo y se adoptan las políticas correctas para salir de la crisis, el pago de los pensiones no supondrá un problema. Solucionados los problemas de fondo, lo de las pensiones es cuestión de dar con el porcentaje exacto de impuestos necesario para mantener a los mayores.

Economista, informático, aficionado a la lectura, escritura, fútbol, del At. Madrid, 'blogero' vocacional, amante de la naturaleza y de los animales, motero y emprendedor. Cosecha del 62.

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